Luego
de la primera entrega introductoria, continúese con el amanecer de los organismos complejos como
manifestación de la improbabilidad humana…
Transcurrieron casi 60 años entre el descubrimiento de los fósiles de la
Explosión Cámbrica alojados en el yacimiento Burguess Shale (1909) y la
correcta interpretación de estas joyas (comienzos de los ´70). Esta
dilación se debió a que los organismos encontrados desafiaban al paradigma de
aquel entonces.
El descubridor de la caldera, Charles Doolittle Walcott, era ideal para impulsar el sacudón epistemológico por el prestigio del que gozaba en la paleontología. Su status se robusteció con la invaluable caldera. Poseía simultáneamente el apoyo de la comunidad y el descubrimiento concreto, pero sus creencias no le permitieron ver esas novedosas pautas que proponían una ruptura radical y sin retorno con las concepciones de su época.
Hasta
1970, la marcha oficial de la evolución dictaba que lo primitivo, en todos los
momentos, daba pie a mayor complejidad y diversificación. Quién hubiera dicho
que la ruta descripta por los phyla (algo así como el diseño anatómico de los animales) fue más
bien al contrario, de máxima variedad inicial. Y posterior diezmación.
Cada fósil que no encajaba con los modelos fue sistemáticamente reubicado por Walcott en el dominio de los artrópodos (insectos, arácnidos, crustáceos), acción ulteriormente designada como “calzador de Walcott”.
Cada fósil que no encajaba con los modelos fue sistemáticamente reubicado por Walcott en el dominio de los artrópodos (insectos, arácnidos, crustáceos), acción ulteriormente designada como “calzador de Walcott”.
En favor de su figura, hay algo de justificación en que no
dispuso del tiempo necesario para examinar
minuciosamente los ejemplares más reveladores (se encontraba al frente de
obligaciones institucionales muy demandantes) y aún no estaban disponibles las
técnicas que más contribuyeron en la correcta interpretación de esas anatomías
inéditas. De todas formas, no se puede soslayar la limitación ideológica. Walcott
encontraba comodidad en la comunidad y el relato oficial que él también impartía.
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Los famosos trilobites fueron muy numerosos en esa época |
En los anales de Burguess Shale y los primeros pasos de la vida compleja, los
mayores aportes de Walcott fueron localizar sus fósiles, hasta entonces muy
esquivos, y ocuparse de recolectar los mejor preservados. No es poco. El
trabajo de campo se realizó excelentemente.
En
1970 tomó el timón el irremediable Harry Whittington junto a un distinguido
equipo por él elegido, para hacer una revisión de esos extraños “artrópodos”
que aguardaban en cajones como símbolo de una revelación postergada. Serían
ellos quienes confeccionarían la valiosa reinterpretación de la fauna de
Burguess Shale. Stephen Jay Gould describe a Whittington como un “hombre
cauteloso y conservador”. No obstante ello, no esquivó lo que se le
revelaría luego. Fue muy mesurado en todo momento hasta la hora de declarar que había
especímenes que no respetaban los caracteres clave del buen artrópodo. Él poseía la
misma visión lineal de Walcott, pero primó la realidad tal cual se le develaba
por sobre la que esperaba que fuera.
Si
hace 500 millones de años surgieron todos los planes
estructurales existentes alguna vez, lo mismo le cabe al diseño que contiene al homo sapiens, el phyla de los cordados (véase aquel ser vivo con cuerda dorsal, como una de las salientes características). El primer cordado estimado, Pikaia, produce cierta conmoción: cualquier despistado sin duda conjeturaría que se trata de un gusano, como fue clasificado inicialmente. Pero no, es la inauguración de la estructura que centenares de millones de años después trajo una inconcebible variedad de sistemas vivientes.
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El frágil Pikaia: ancestro común de todo animal con espina dorsal |
estructurales existentes alguna vez, lo mismo le cabe al diseño que contiene al homo sapiens, el phyla de los cordados (véase aquel ser vivo con cuerda dorsal, como una de las salientes características). El primer cordado estimado, Pikaia, produce cierta conmoción: cualquier despistado sin duda conjeturaría que se trata de un gusano, como fue clasificado inicialmente. Pero no, es la inauguración de la estructura que centenares de millones de años después trajo una inconcebible variedad de sistemas vivientes.
Las
investigaciones arrojaron que Pikaia, de cinco centímetros de largo, no contaba con ninguna clase de ventaja ni
tampoco habría sido muy numeroso, que es uno de los aspectos que podrían
facilitar la supervivencia de una especie. Simplemente, no se encontraron elementos para evaluar cómo logró subsistir.
Todo
esto le atribuye no ya al humano sino a los mamíferos un halo de improbabilidad
difícil de rebatir para cualquier defensor del propósito bienaventurado.
En
su etapa moderna, la ciencia se ha visto obligada en numerosas ocasiones a
conjeturar que la fortuna opera como un factor más determinante de lo que se prestableció
alguna vez. No sonaría alocado que esta faceta se potencie en épocas de una
severa crisis global, cuando la selección natural queda suprimida.
Whittington
y su equipo no encontraron ninguna
ventaja
comparativa en Pikaia en contraste con los demás habitantes del
ecosistema. Menos que menos con Anomalocaris, el terror de los mares por aquel entonces: llegó a medir un metro de
longitud, cuando la mayor parte de la fauna no rebasaba siquiera los diez
centímetros. Como si no si fueran suficientes su tamaño y poderío, tenía una
excepcional visión que le permitía cazar en aguas turbias.
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Anomalocaris, el terror de los mares del Cámbrico |
La intuición de
nadie está capacitada para enfrentar que animales como Anomalocaris hayan andado
este mismo planeta. Pero la contingencia jugó en contra de este coloso mientras
fue benevolente con Pikaia. Y es por eso que quien escribe redactó este
artículo y usted puede leerlo.
No
hay ninguna observación microscópica, geológica, astronómica o cosmológica que dé cuenta de
un orden plácido e inmutable, más bien al contrario. Denominar caótico al
universo de todas formas sería errado. La sensación de caos puede verse
motivada por la propia incapacidad del observador. Sería constructivo además no
asociar el orden con la planificación, porque es allí cuando irrumpen los fantasiosos
y celestiales padres iracundos, presentes en todas las culturas humanas.
Pese
a que se desconoce la abrumadora mayoría de todo lo que existe o existió alguna
vez, hay un camino evolutivo susceptible de ser dilucidado en alguna medida
(distinguiendo etapas de diversificación, de crisis globales, de posterior
recuperación de la biósfera, etc), con una gran cantidad de incidentes que han
tomado de imprevisto a las más encumbradas especializaciones biológicas y
vitupera toda concepción lineal enamorada del designio.
El
balance, atiborrado de variables encontradas y muchas
otras ocultas, desprende que, de entre billones de caminos evolutivos residentes en este universo, probablemente no haya dos que se asemejen.
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La Vía Láctea, nuestra galaxia: ¿cuántos caminos evolutivos residirán inmersos en ella? |
Pikaia
y su endeblez son signo de lo incontenible e imprevisible del potencial que
aguarda en cualquier animal que disponga de tiempo para diversificarse. Un dato contundente denota la
permanencia del enclenque Pikaia como una influencia aún vigente hoy: son algunos de sus herederos los que gobiernan casi todos los ecosistemas.
La vida maravillosa, de Stephen Jay Gould, expone en gran forma los fenómenos contenidos en esta nota y la anterior. Por fuera del libro, la dinámica misma de la realidad hace del título, más que una sugerencia, una razonable conclusión. El
calificativo estriba en contrastes profundos, geológicos y cósmicos.
Por mucho rechazo que suscite, esta
perspectiva establece como contingencia concreta
que la humanidad sea una de las tantas
pruebas evolutivas fallidas. La inicua organización económica actual, si bien aún no es concluyente, puede ser un síntoma de ello.
Así
y todo, el título La vida maravillosa no es más que una afirmación muy bien
cimentada, fascinante en tanto cierta.
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La fauna del post Explosión Cámbrica |
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